Gallina Ciega

Yo estaba quieta junto al piano. Y diste conmigo, te acercaste tan rápido que no tuve tiempo para reaccionar. Comenzaste a tocar mi cara, podía sentir tus manos sobre mi rostro tratando de adivinar quién era, tocaste mis brazos, fuiste deslizándolas lentamente hasta llegar a mi cintura, sostenías mi cabello, yo podía sentir como mi cuerpo respondía, los vellos erizados, el corazón latiendo rápido, mordía mi labio inferior y solo me concentraba en tu mano tocando mis piernas. 

Esas manos, duras y presurosas, volvieron a subir por mi vientre, pasaron sutilmente por mi pecho y se quedaron juguetonas por mi cuello. Dijiste Annia. No. Te habías equivocado, yo no era Annia. Así que tuviste que volver a perseguir a los demás. Yo seguía quieta ahí como me dejaste, con la sangre helada.

Al terminar el juego cada quien volvió para su casa. Salí del salón, sintiendo un choque entre mi cuerpo y el frio de la noche, apuesto que mi piel se empezó a evaporar. De repente volví a sentir tus manos alcanzando las mías, no dijiste nada, solo comenzaste a besarme, podía sentir tu lengua áspera dentro de mi boca. Me volviste a tocar, esta vez con más fuerza, apretujando mis mulos, perdiendo tu mano entre ellos. Suaves caricias que contrarrestaban el frio,  besos densos como el capricho de un adolescente. Y ahora yo también te tocaba, mis torpes y temblorosas manos te recorrían. Mis labios también se posaban por tu cuello, por tus oídos y en las yemas de tus dedos.

Esa habitación lucía opaca, olía a yerba y a cuerpos ajenos, pero me dio igual, solo me importaba sentirte, saborearte, saberte mío aunque fuera por una noche. Y nos envolvimos, nos eclipsamos y decías mi nombre, y esta vez no te equivocabas, era yo quien pendía sobre tus piernas enredadas. Me estrujaba entre tus brazos y las respiraciones entrecortadas.

Cuando terminamos encendiste otro cigarrillo, ahora olía a nosotros. Me miraste por última vez, compartimos nuestras miradas cómplices y las sonrisas alcahuetas. No dijiste nada, te fuiste con tu chaqueta negra, yo sabía que tenías que irte, volver con ella, con Annia.

Escritora sin sitio.

Loca de a ratos.

A veces tan triste.

A veces tan muerta de risa.