La verdad

 Consideré durante mucho tiempo las historias de monstruos, villanos y finales amargos como míos. No tanto porque me viera reflejado en aquellos personajes, sino porque sentía que en la vida la tragedia era esencial, esa obra de teatro en la que participamos todos debía tener un elemento dramático que hiciese que el bueno sea aún más bueno, el héroe aún más fuerte, villano aún más malvado, y el monstruo aún más incomprendido.

En algunos libroscasi podía ver mi reflejo adolescente en ellos, como cuando me veo reflejado en la ventana de mi habitación, que aunque estando sucia, podía ver mis rasgos característicos: mi nariz, mis ojos y mi barbilla, mis antenas,  mis decenas de patas, mi terquedad y mis vicios   

Siempre concluí que había algo en mi diferente y no tenía que verme en el espejo para saberlo ¿quién no ha sentido eso alguna vez? Si ese elemento dramático ha estado con nosotros alguna vez en la vida se ha llamado adolescencia, y esta me llamo a la puerta hace algún tiempo.

Tal vez mi delirio por la tragedia se debía al exceso de interminables horas frente a la televisión que pase en mi niñez y ya entrada mi adolescencia la situación cambio muy poco, parecía ensimismado y casi absorbido por una serialidad de imágenes en movimiento que no dejaban de brillar, emitiendo horas y horas de mediocre programación televisiva solo apta para cardiacos, que mostraban sin tapujos una realidad tan surreal como macabra. No eran las ondas magnéticas las culpables de mi atracción a la tragedia y al drama, sino el contenido mediocre de esa televisión de los noventas, los grupos boybands, las comedias gringas, los programas vespertinos, las novelas de bajo presupuesto, el reconfortante y a la vez desesperante pop británico o los concursos televisivos en los cuales si tenías tan solo un poco de suerte podías ganar una pequeña estufa o una máquina para lavar ropa; un aliciente para dejar de pensar en la pobreza y conformarse con tener un poco de ropa más limpia, o tal vez menos sucia.

Mi adolescencia paso sin más ni más, dentro de una clase media trabajadora, convertido en insecto en un universo kafkiano, en donde hay salidas inaccesibles con grandes muros y alambres de púas y el muy seguro vidrio de botella picado y ubicado cuidadosamente en la parte alta, como muestra de una falsa seguridad. Yo solo intentaba descifrar lo verdaderamente correcto en mi vida, lo importante, el  cómo y cuándo, el por qué sentirme aislado dentro de mi caparazón era mi única salida.

Nunca me atacaron arrojándome manzanas y tampoco tuve una hermana que ignorara mi humanidad como le sucedió a Gregorio Samsa en La Metamorfosis (1915), cuando trágica y humorísticamente “estira la pata" postrado solo en su habitación; pero sentí ese peso de la adolescencia como una carga,  tan parecida a la adultez que casi pude sentir un caparazón enorme que me cubría con numerosas patas “penosamente delgadas” que parecían navajas peligrosamente afiladas. Tal vez ese sentimiento no ha desaparecido hasta ahora, tal vez es ese peso trágico de la vida, que se supone normal me parece poético, porque la tragedia debe estar presente. 

 

Nunca he sido un buen escritor y mucho menos un buen lector,es un misterio por que me leen.