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‘We all float down here'

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‘We all float down here'

Sí, “el payaso asesino” que arruinó tu infancia, pero hoy.

Por: María Rosa Rodríguez Quintana y Diana Elizabeth Montelongo Moreno

Lo primero: es necesario recalcar que no es un remake de aquella de 1990, ya que la de esa época fue una miniserie y no la película. Tampoco es terror y esta vez son los años 80 en el misterioso y temible Derry donde en este filme Coming of Age nos reencontramos con un club de los perdedores del que invariablemente terminaremos formando más parte que nunca.

Lo que se trata de hacer es pasar al mundo del cine una pieza de arte ya plasmada en la literatura, pero no por eso debe ser una representación exacta de ella. El arte no se copia, se comparte y se explora.

Para adentrar un poco en el tema de la adaptación de esta novela, hay que reconocer antes que nada (y siendo más bien el punto central de esta reseña) el extraordinario trabajo del director Andrés Muschietti. La película difiere de la novela principalmente por los juegos en el tiempo que el libro sí presenta. Esos momentos que Stephen King nos narra a la par con situaciones que sucedieron en tiempos distintos donde combina la infancia con la adultez de los protagonistas; los personajes son adultos en una página y niños en la que sigue, eso permite una lectura exquisita, pero esto cuestión de literatura específicamente.

La idea de que la película suceda en orden cronológico la hace ver más organizada, más limpia, más digerible. Permite al espectador crecer en Derry, incluirse en el club de los perdedores a su tiempo, probar la sangre cuando recién emana y lo más intenso aún: conocer a “Eso” en el momento preciso. Tener un encuentro propio con su mayor miedo encarnado y conocer a Pennywise.

 
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Luego de todo, cuando se hace la promesa final, el espectador también se corta la mano y hace ese pacto de sangre porque si ellos regresan; nosotros también lo haremos listos para enfrentar el regreso espectral, lo cual termina siendo inevitable gracias a las implecables y reveladoras actuaciones de los niños protagonistas.

 
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Mushietti demuestra a través de la película lo mucho que conoce la obra de King. No fueron necesarias escenas completas de peleas, de historias contadas o de pactos poco convencionales. Valiéndose de semiótica simple y un excelente lenguaje cinematográfico, el director usó los símbolos, creó una obra cargada de gestos, simbólica, de miradas y de apariciones momentáneas que son más que suficientes para entender el contexto y el motivo.

La propia creatividad del director en combinación con la capacidad creadora de Stephe King, dieron resultado a una película que sin duda no pasará desapercibida y marcará generaciones como lo hizo aquella miniserie del 90, pero con miedos y rituales protectores distintos valiéndose de una narrativa con la cual es más sencillo conocer mucho más a fondo a quienes la forman y la cuentan.